Embalses en máximos históricos: cuando el relato climático hace aguas
Por fin una buena noticia. Los embalses españoles rebosan, literalmente. Las cifras alcanzan niveles que invitan al optimismo, a la fotografía con fondo azul y, por qué no, a ese deporte nacional de declarar “año histórico” antes de tiempo. El agua vuelve, los pantanos se llenan… y, sin embargo, algo no encaja en el guion.
Porque claro, ¿qué hacemos ahora con el relato? Ese relato tan bien engrasado en el que la sequía era permanente, el colapso inminente y el futuro, básicamente, una versión extendida de agosto en Albacete. De repente, llueve. Y no poco. Llueve lo suficiente como para que los embalses alcancen cifras que hace apenas unos meses parecían material de ciencia ficción —o de negacionistas, según el día.
El ciudadano medio, poco entrenado en gimnasia narrativa, podría caer en la tentación de pensar que el clima es… variable. Una idea peligrosa, sin duda, porque introduce matices donde antes había certezas. Y los matices, como es sabido, no caben bien en titulares de ocho palabras.
Mientras tanto, las administraciones navegan esta abundancia hídrica con la cautela de quien pisa terreno incómodo. Celebrar demasiado podría interpretarse como una traición a la causa; ignorarlo, como una desconexión con la realidad. Así que se opta por la fórmula clásica: sí, pero no. Sí, hay agua; pero cuidado, que mañana puede no haberla. Un equilibrio digno de funambulista.
Los expertos, por su parte, hacen lo que mejor saben: explicar que una cosa no quita la otra. Que puede haber lluvias intensas y, al mismo tiempo, tendencias preocupantes a largo plazo. Que un año húmedo no invalida décadas de datos. Y tienen razón. Pero esa explicación, sensata y compleja, compite en desigualdad de condiciones con el atractivo irresistible de los relatos simples, sean catastrofistas o tranquilizadores.
Así, entre gráficos ascendentes y discursos descendentes, el país asiste a un fenómeno fascinante: la realidad, empeñada en no ajustarse del todo a ningún marco preconcebido. Ni todo se seca para siempre, ni todo se arregla con cuatro borrascas bien puestas.
Quizá la lección —si es que hay alguna— sea incómoda: que el clima no entiende de relatos, y que adaptarse a él requiere algo más que consignas. Infraestructuras, planificación, gestión eficiente… palabras menos épicas, pero bastante más útiles cuando el agua, ya sea por exceso o por defecto, decide marcar la agenda.
Mientras tanto, disfrutemos del espectáculo. Los embalses llenos, las fotos aéreas espectaculares y ese leve desconcierto colectivo que surge cuando la realidad, sin pedir permiso, decide llevar la contraria.
Ángel (Miche)